Episodio 1 – ¡Ya no soy virgen!

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Riiiinnnngg, riiiiingg… el inconfundible sonido de un despertador rompe el apacible silencio de la mañana. Entre las rendijas de la ventana a medio cerrar, entran los primeros rayos de sol de un día que será inolvidable para Claudia, este será un día en el que su vida sufrirá un cambio radical, ya nada será igual después del paso que está decidida a dar.

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CAPITULO 1. ¡Ya no soy virgen!

Riiiinnnngg, riiiiingg… el inconfundible sonido de un despertador rompe el apacible silencio de la mañana. Entre las rendijas de la ventana a medio cerrar, entran los primeros rayos de sol de un día que será inolvidable para Claudia, este será un día en el que su vida sufrirá un cambio radical, ya nada será igual después del paso que está decidida a dar.

Los hermosos ojos verdes de Claudia no parecen haber estado cerrados en toda la noche, la emoción ante la expectativa de su primera vez, no le han permitido disfrutar del relajante sueño. Estaba muy despierta, activa, excitada y casi eufórica. Cada célula de su cuerpo estaba al 2000%, preparadas para el gran momento, ese momento que viene soñando desde niña y hoy con sus recién estrenados 20 años, finalmente va a cumplir.

El brillo incandescente de sus ojos y la expresión de felicidad de su cara, junto al entusiasmo con el que se levanta de la cama y se prepara para salir, denotan el enorme grado de satisfacción personal que está viviendo, va de un lugar a otro de su habitación como levitando. Sus pies ni rozan el suelo. Las acciones cotidianas de cada mañana, -lavarse, peinarse, el cepillado de los dientes, ponerse la ropa- hoy tienen un matiz diferente, que le hace disfrutarlas al máximo y por ello les dedica más tiempo de lo normal. Quiere estar impecable, reluciente, espléndida para cuando llegue el momento tan esperado.

Claudia es una joven hermosa, no solo por su belleza física, que es deslumbrante, con esos grandes y expresivos ojos verdes, que hacen que la naturaleza tenga envidia a su paso, con esa mirada profunda y siempre sincera que deja que veas su alma desde el primer momento, mientras penetra en la tuya hasta conocerte en tan solo dos segundos. Sus 175 cm de altura le hacen lucir con elegancia los perfectos contornos de su cuerpo, ligero, frágil, seductor, que hace que, en cada paso, para muchos la vida en ese momento se limite a respirar y a fijar su vista en ella, sin tener en cuenta el tiempo.

Pero lo que le hace especial es su grandeza interior, su humildad, su sentido del deber, de la amistad, su dura sinceridad, su actitud siempre positiva, alegre, entusiasta que arrastra a todos y les hace olvidar sus problemas y sus miedos. Eso sin contar que además de una belleza despampanante y un alma noble, Claudia es una mujer muy inteligente, de las que tiene armas para luchar en cualquier batalla y vencer, algo que vuelve loco a los hombres.

El enorme espejo de la habitación refleja todos estos valores, mientras pasan más de 30 minutos de interminable y frenética pasarela, en la que el espejo disfruta de lo mejor de Claudia, probándose cada una de las prendas de su armario una y otra vez, mientras las expresiones de su cara trasmiten con claridad su propia valoración ante cada modelito.

“Uff, éste me queda muy apretado… ¡¡Dios he engordadooooo!!… ¡¡Éste está bien!!, pero un poco suelta, quiero algo más ajustado y elegante… A ver este otro… Noooo, tampoco, ¿y éste…? Ahhhhhh, noooo, es horrible, ¿cómo me compré algo así?… ¿¿Éste??, ¡¡éste!! Éste ¿no?, éste, éste, ¡¡éste es perfecto!!”

Sin dudas la elección era perfecta, el espejo reflejaba a una mujer hermosa, con toques de elegancia, pero no excesivos, con toques sensuales, pero controlados, dejan ver y no muestran nada, nada se exhibe, pero a la vez todo se destaca. La expresión de Claudia era de satisfacción, había vencido el primer reto del día… ya estaba preparada para el gran momento, ese momento en que cambiaría su vida irremediablemente.

Tomó el bolso más acorde para su equilibrado estilo y se dispuso a salir a la calle, no sin antes pasar una, otra, y otra, y otra, y otra vez…. Y otra vez, frente a su espejo, como esperando una respuesta de él. Finalmente se llenó de valor y saltó a la calle… Donde la luz del día dibujaba formas y colores hasta hoy inadvertidos para Claudia, pero hoy eran especiales, todo el universo se había alineado para ese momento, todo invitaba a Claudia a caminar, a recorrer la distancia que le separaba de su objetivo, de su meta, mientras en cada paso reforzaba su deseo de disfrutar cada segundo de las consecuencias de su decisión.

La luz que cada mañana atravesaba la farola de la esquina, que llevaba allí más de 10 años, pero solo hoy dibujaba un arcoíris que sobresaltó a Claudia, nunca había visto algo tan bello en medio de la ciudad, las hojas secas de la ceiba que estaba por todo el suelo tenían un hermoso color marrón, como los ojos de Alejandro, … ¡¡¡ufff!!! el hombre que hoy cambiaría la vida de Claudia para siempre. Esta imagen generó un terremoto de magnitud 10 en todo el cuerpo de Claudia, al punto de paralizarle frente al puesto de flores de la señora Lucía, quien, al ver su expresión, fría, congelada se quedó mirándola con preocupación.

Claudia al pensar en Alejandro sintió un miedo que nunca había experimentado, un miedo que nada tenía que ver con sus temores de niña, con las brujas, ogros y fantasmas que aparecían por su ventana cuando sus padres dormían. Era un miedo que no tenía sentido para ella. ¿Cómo iba a temer a enfrentar el momento para el que se ha preparado durante toda su vida? ¿Cómo iba a temer dar ese paso con el que ha soñado desde su adolescencia? ¿Cómo iba a temer hacer lo que había vivido en cada sueño, en cada historia que ha leído, en cada película en la que el protagonista robaba sus sueños y besos durante muchas noches, hasta que salía una nueva película y un nuevo héroe se hacía dueño de su corazón? ¿Cómo iba a temer hacer lo que todo su ser pedía a gritos durante más tiempo de lo que hoy quisiera recordar?

“Claudia… Claudia… se escuchó la voz de la señora Lucía… Niña, ¡¡estás en las nubes!!, despierta…”.

Claudia sonrió mientras salía de su parálisis y miró a Lucía, una señora que la había visto crecer en el barrio, amiga de su madre en la infancia. Nada más mirarle a los ojos, Lucía vio en ellos ese destello que bien recordaba pese a haber pasado ya medio siglo desde que lo vivió.

La expresión de su cara cambió de la risa algo burlona al despertar a Claudia, a un matiz más serio y maternal, como el que tendría la madre de Claudia de estar allí, pero Lucía sabía que era imposible, pues su amiga había muerto hacía unos cuantos años ya. Su expresión maternal fue notada por Claudia, porque no pudo aguantar su emoción y le dijo muy bajito: “sí, Lucía, estoy en las nubes, hoy es un día muy especial para mí”.

Y con su sonrisa entre infantil y pícara dejó claro que estaba dispuesta a convertirlo en un gran día.

Lucía le tomó las manos y ligeramente tiró de ella. Se alejó para verla en conjunto y le dijo: “estás radiante, hasta Venus sentiría envidia hoy… ven, ven hasta aquí…”.

Y la introdujo en su local, buscó una hermosa y rara flor tropical y se la colocó en el pelo sobre su oreja… la giró hacia el espejo y le dijo: “ahora eres como esta mariposa, una flor que hace palidecer todo lo que le rodea”, mientras Claudia se sorprendía del cambio que implicaba esa simple flor en la refinada imagen que tanto esfuerzo le costó en la mañana. Era perfecta… tan perfecta era la flor llamada “mariposa” que todo su conjunto palideció, mientras ella era aún más bella, más fresca y embriagadoramente olorosa.
Lucía la miró como hacía su madre antes de cada evento importante y le dijo con ternura: “ve hija, ve a hacerte mujer”.
Claudia sonrió con una mezcla entre ternura y euforia, la besó y salió nuevamente a la calle, donde las miradas no dejaban de acosarle, en cada paso que daba, se cruzaba con mucha gente, que iban al trabajo, pero todos al verla le dedicaban unos segundos para alegrar su vista con la indiscutible mejor vista que tendrían esa mañana o posiblemente en todo el día. Lo que hizo a Claudia sonrojarse en más de una ocasión, sobre todo al cruzarse con un grupo de chicos, más o menos de su edad y escuchar a uno de ellos decir: “¡¡Dios mío!!, hoy ha salido el sol dos veces”, mientras su mirada no podía desprenderse de Claudia.

Tomó el autobús para ir al centro, donde había quedado con Alejandro… tomó asiento entre miradas furtivas del resto de pasajeros y en la tranquilidad del viaje volvió a pensar en lo que estaba decidida a hacer en tan solo unos minutos. Un escalofrío recorrió toda su columna, generando la misma parálisis de hacía unos minutos, el miedo volvió a apoderarse de su ser. “¿Dios, como será ese momento? ¿No sabré qué hacer? ¿Alejandro me tratará bien? ¿Será grosero o gentil? ¿Brusco o delicado? ¿Atento o descortés?… ¡¡Ay Dios!!… ¡¡Estoy helada!!

Mientras el miedo retorcía la mente de Claudia, las miradas furtivas en el autobús no dejaban de acosarla, hasta que un joven valiente se atrevió a decirle… “Rubia, contigo iría al infinito y más allá”, lo que generó las carcajadas descontroladas y escandalosas de sus amigos, que empezaron a burlarse de él, diciéndole lo cursi que aquella frase había sido… mientras le cantaban “hay un amigo en mí… hay un amigo en miiiii”.

Como las palabras de aquel chico la habían sacado de su nueva parálisis y temores, y viendo que los amigos lo estaban machacando, Claudia miró al chico y le dijo en voz alta, para que todos lo escucharan, “gracias, tus ocurrentes palabras me han alegrado el día…”, lo que dejó paralizados a todos sus amigos, que quedaron totalmente desconcertados… con las bocas medio abiertas… Mientras Claudia ofreció al chico la mejor y más sensual de sus sonrisas con un guiño de ojos, justo cuando bajaba del autobús.

La distancia entre la parada del autobús y el punto de encuentro con Alejandro era de unas 3 calles, pero a Claudia le parecieron kilómetros interminables, que debía recorrer con una enorme mochila llena de grandes rocas, que en cada paso le hacían parar a tomar aire y reponer fuerzas. Su corazón latía como el motor de tren a máxima velocidad, las piernas le flaqueaban, un escalofrío recorría continuamente su espalda, su respiración agitada y a la vez sobreexcitada, unidos al rubor rosado de sus juveniles mejillas, llenas de sangre ardiente, le hacían destacar aún más su belleza y resultaban muy estimulantes para cualquier hombre.

Claudia tardó 5 minutos en hacer el recorrido, aunque para ella había tardado una eternidad, eternidad que injustamente no reflejaba su reloj, que miró en ese instante, para confirmar que llegaba tarde, algo que no le gustaba hacer, pero hoy era un día especial, hoy el mundo podía esperar por ella, porque ella llevaba 20 años esperando aquel mágico momento. Subió los 20 escalones que le llevaban hasta la puerta de Alejandro, al llegar arriba, sintió que ese ascenso era como haber conquistado al Everest en un minuto, para ella en ese momento una hazaña sin precedentes.

Su dedo se dirigió tímidamente hacia el timbre de la puerta, pero alguna fuerza maligna no quería que lo tocara, porque le hacía resistencia, Claudia tuvo que luchar con todas sus fuerzas para que esa fuerza no le impidiera llegar al timbre que abriría la puerta de su futuro… ahhhhhhhh… hizo el último esfuerzo y din-dong… din-dong…

La puerta de Alejandro se abrió completamente. Allí estaba él, con una sonrisa embriagadora, clavando la vista en Claudia con una cara marcada por el asombro y el desconcierto… con voz entrecortada dijo: “estás… estás asombrosaaa… y tu olor es…. es… embriagador”.

Claudia no pudo articular palabra alguna, sus fuerzas solo le alcanzaron para sonreír, mientras el rubor daba un hermoso y más intenso color a sus mejillas… mientras fijaba sin miedo sus ojos, hoy más verdes que nunca, en los cálidos ojos marrones de Alejandro…

Alejandro tardó segundos en recomponerse, pero para ambos el tiempo se había detenido.

Alejandro apartó ligeramente su cuerpo de la puerta y dijo: “bueno, no vamos a estar todo el día aquí parados… ven, ya es hora de empezar a hacer realidad este sueño…”.

CONTINUARÁ…